Me derrito en medio del boulevard. Que importa la gente si lo único que quiero es pelear con vos. Sabemos muy bien, los dos, donde lleva esto. Que venís, que te vas, que me quedo, que no estás. Sólo quiero alargar el momento para que el ósculo valga más. Que valga el doble, o el triple. Que valga sangre, como la que corre ahora a toda velocidad por tus manos. Las que gesticulan con experiencia en esto del engaño. El que mastico ya sin confianza. La que perdí hace rato. Hace rato pienso sólo en tu boca. La que se mueve en cámara lenta, mientras miro fijamente. Fijo mi mente en esos ojos que buscan. Buscas llegar a que te crea. Creo que lo logras, y aquí estoy. Estoy en el boulevard. Es decir, estamos. Pero si somos como uno, dos pero como uno. ¿Pero cómo?, ¿cómo llegamos hasta acá?. Ni siquiera recuerdo como te conocí y ya te estas yendo. Hay algo que no está bien. Siento que tus ojos que buscan me miran de nuevo, pero están quietos. Y tu pelo no se mueve tampoco. ¿Por qué no hablas? Estas plana, como el papel de esta foto. ¿Pero por qué no hablas? Me estoy derritiendo en el boulevard por uno de tus besos, uno más. Ya esperé demasiado. ¿Me escuchas? Te estoy hablando hace mucho y hace mucho espero que me hables. Cuantas veces desperdiciamos palabras, ¡cuantas veces! Las cambio todas por otro segundo al lado tuyo. Me gustaría acordarme de como se mueven tus cejas al hablar, o del aroma de tu ropa. Pero estas tan quieta, otra vez, como ayer. Como anteayer. Y como siempre desde aquella vez que nos dejamos en el boulevard.
Lo único permanente es el cambio.
Grande
miércoles, 29 de abril de 2015
domingo, 15 de marzo de 2015
Me gusta cuando llueve.
- Como odio cuando llueve.
- ¿Por qué?, la lluvia nos aísla. Cuando hay agua en las calles no salimos, tampoco nadie viene. Y cuando uno está solo piensa, reflexiona, se cuestiona, se pregunta.
- Claro, eso es lo que no me gusta.
- Bueno, igualmente yo creo que hay algo más que sólo la consecuencia física de que caiga agua. Algo cambia, algo se activa dentro de uno.
- No me atrae lo que decís.
- Pensalo bien, estoy seguro que los días de lluvia son los días en que más canciones se inventaron, en los que más libros se han escrito.
- A mí no me da ganas de hacer nada de eso. Además me desagrada el olor a tierra.
- Eso es solo al principio. Acordate del placer de estar debajo de un techo cuando garúa. De escuchar como se dibuja la estela de agua cuando pasa un auto por la calle. ¿No te encanta?
- No le veo la gracia.
- Si estás solo es inspirador, si estás acompañado siempre es mejor. La lluvia multiplica la intimidad y te arrastra a algún rincón de la casa donde resguardarte.
- Si tenes que salir no es para nada divertido.
- Lo es si disfrutas de ver a la gente con esa ropa graciosa o si dejas que algunas gotas te peguen en el rostro sin preocuparte.
- Prefiero el sol.
- Yo no.
martes, 20 de enero de 2015
Un milagro en Balvanera.
Trece pisos bajé mirando el techo del ascensor. Preferí encandilarme con el fluorescente a mirar los múltiples reflejos de mi rostro que, en ese momento, me avergonzaba. La puerta se cerraba tras de mí mientras cruzaba la calle vacía en busca de tabaco. Le pedí permiso al tachero que, apoyado en la ventana del kiosco, miraba la repetición del partido de Banfield. Se movió sin despegar los codos y sin contestarme. Confundido, le dediqué una mirada de incredulidad por su ensimismamiento, mientras pedía un Marlboro y una caja de fósforos. Pagué y me alejé golpeando el atado en la palma de mi mano. En la esquina me detuve para encender uno y luego emprendí una caminata acotada en la misma cuadra, para no distanciarme demasiado. Fui y vine dos veces, hasta que el cigarro se consumió. Tenía ganas de tener un paquete infinito o de caminar por Callao hasta perderme, pero sabía con claridad que eso no iba a ayudar en nada. Supongo que lo único que buscaba era una excusa para no volver a alla arriba. Disfrutaba del placer de respirar el aire porteño, tan diferente al de mi Rosario. Exhalaba observando el balcón del departamento desde abajo, temiendo volver a subir.
No es tarea sencilla describir el peor día en la vida de una persona, hay detalles que sólo pueden sentirse. Cuando uno escribe se entremete en la piel de cada personaje, se pone sus zapatos y camina un rato con ellos hasta familiarizarse. Luego cuenta. Cuando el personaje es quien escribe, el proceso es similar. El protagonista es uno mismo pero en otro momento del tiempo, entonces es preciso entornar los ojos y embeberse de las pasadas sensaciones. Esto, casi siempre, resulta reconfortante, ya que por naturaleza tendemos a dejar en la superficie de nuestro pensamiento lo más ameno. Sin embargo, me invité constantemente, en los últimos meses, a repasar un episodio que permanecía inédito en mis registros y la experiencia me resultó en tribulación.
Cuando entré de nuevo al cuarto todavía tenía su celular en la mano, cada minuto que dedicaba a responder mensajes desgarraba mis ganas y mi paciencia. Estábamos ahí para intentarlo nuevamente, para remendar ese cariño descosido y el tiempo en que no nos mirábamos era tiempo prestado, tiempo perdido para esta causa.
Todo había cambiado después de mi viaje y el orgullo nos consumía poco a poco. Ninguno dejaba de pensar que la propia decisión era la más sabia y un infinito era nuestra diferencia. Conversaciones sin finalidad mayor que el conflicto, como buscando escapar rápidamente por la puerta de emergencia de aquel febril acercamiento. Bebíamos agresivamente y nos besábamos con violencia. La música, elemento omnipresente en nuestras vidas, no faltaba y condecíase con la situación. Carecíamos de modales en el trato mutuo pero jamás de pasión. Reñíamos con ganas, sin conclusiones, con el recurso inagotable del sinsentido. El paseo dejó de consistir en disfrutar de la cercanía del otro, ya sólo intentábamos a cualquier precio desligarnos de la culpa de no encargarnos de la situación. Sacamos a relucir toda la intensidad que nos caracterizaba pero aplicada a lastimar al otro, palabra tras palabra. Era una guerra interminable donde el ganador era el menos lastimado. Llegaríamos hasta donde nuestras fuerzas nos permitieran o hasta donde el corazón estallase.
La tomaba por los hombros inspeccionando su mirada perdida en el miedo, la mía seguramente era de desesperación. Pero lejos de casa, no había donde huir y no existía hablarlo mañana.
Extenuada, hundió su cara entre las impolutas sabanas de la imponente cama. Yo salí al balcón. Cerré la ventana para que no me observara y me dediqué a contemplar el asfalto. Lamento haber padecido lo que en aquel momento pero, Dios, que bien se hubiese sentido ponerle fin a todo. No puedo recordar con certeza cuantos fueron los minutos en que realmente consideré escaparle a todos los problemas pero, si de algo estoy seguro, es que pasaron muy lento. Bien podría haber sido una hora de la vida real mas yo me encontraba vagando cansinamente en oscuras cavilaciones que nada tenían que ver con este mundo.
Estaba literalmente atrapado en mi limbo de dos metros cuadrados sin una determinación concreta. Me sentía parte del aire bonaerense y quería aprender a volar pero era excesivamente temeroso. Soportaba la pusilanimidad en estado puro, quebrado y esperando un rayo de luz.
En este punto del relato es donde empiezo a pecar de inculto: no se me vienen en mente adjetivos o sinónimos que puedan describir el vigor y la tensión que había en cada encuentro. Me refiero a los buenos y a los malos. Sólo supimos conocer los extremos. Nunca grises, siempre blanco o siempre negro. Siempre. Empezábamos a desconocer la razón por la cual seguíamos buscándonos y quizás hasta hoy ninguno de los dos la sepa, pero estoy sobradamente convencido de que podrían escribirse varios libros sobre ese lazo que inestablemente mantuvimos. Sobre esa atracción de la que nunca más probamos.
Durante el agotador cuestionamiento que me hacía, mi rescate se presentó de manera inesperada a través de una ventana de diálogo en mi móvil. Es gracioso que lo que tanto me disgustaba haya sido mi salvación. Quizás nunca lo había pensado de esa manera mientras la veía escribir respondiendo mensajes. Una palabra amiga que pueda distraerte de la miseria el tiempo suficiente para no caer en infortunios, seguro es un milagro. Pero estar sufriendo no hace a uno inocente de abandonar al ser más querido en esa lucha conjunta que es el amor.
No es tarea sencilla describir el peor día en la vida de una persona, hay detalles que sólo pueden sentirse. Cuando uno escribe se entremete en la piel de cada personaje, se pone sus zapatos y camina un rato con ellos hasta familiarizarse. Luego cuenta. Cuando el personaje es quien escribe, el proceso es similar. El protagonista es uno mismo pero en otro momento del tiempo, entonces es preciso entornar los ojos y embeberse de las pasadas sensaciones. Esto, casi siempre, resulta reconfortante, ya que por naturaleza tendemos a dejar en la superficie de nuestro pensamiento lo más ameno. Sin embargo, me invité constantemente, en los últimos meses, a repasar un episodio que permanecía inédito en mis registros y la experiencia me resultó en tribulación.
Cuando entré de nuevo al cuarto todavía tenía su celular en la mano, cada minuto que dedicaba a responder mensajes desgarraba mis ganas y mi paciencia. Estábamos ahí para intentarlo nuevamente, para remendar ese cariño descosido y el tiempo en que no nos mirábamos era tiempo prestado, tiempo perdido para esta causa.
Todo había cambiado después de mi viaje y el orgullo nos consumía poco a poco. Ninguno dejaba de pensar que la propia decisión era la más sabia y un infinito era nuestra diferencia. Conversaciones sin finalidad mayor que el conflicto, como buscando escapar rápidamente por la puerta de emergencia de aquel febril acercamiento. Bebíamos agresivamente y nos besábamos con violencia. La música, elemento omnipresente en nuestras vidas, no faltaba y condecíase con la situación. Carecíamos de modales en el trato mutuo pero jamás de pasión. Reñíamos con ganas, sin conclusiones, con el recurso inagotable del sinsentido. El paseo dejó de consistir en disfrutar de la cercanía del otro, ya sólo intentábamos a cualquier precio desligarnos de la culpa de no encargarnos de la situación. Sacamos a relucir toda la intensidad que nos caracterizaba pero aplicada a lastimar al otro, palabra tras palabra. Era una guerra interminable donde el ganador era el menos lastimado. Llegaríamos hasta donde nuestras fuerzas nos permitieran o hasta donde el corazón estallase.
La tomaba por los hombros inspeccionando su mirada perdida en el miedo, la mía seguramente era de desesperación. Pero lejos de casa, no había donde huir y no existía hablarlo mañana.
Extenuada, hundió su cara entre las impolutas sabanas de la imponente cama. Yo salí al balcón. Cerré la ventana para que no me observara y me dediqué a contemplar el asfalto. Lamento haber padecido lo que en aquel momento pero, Dios, que bien se hubiese sentido ponerle fin a todo. No puedo recordar con certeza cuantos fueron los minutos en que realmente consideré escaparle a todos los problemas pero, si de algo estoy seguro, es que pasaron muy lento. Bien podría haber sido una hora de la vida real mas yo me encontraba vagando cansinamente en oscuras cavilaciones que nada tenían que ver con este mundo.
Estaba literalmente atrapado en mi limbo de dos metros cuadrados sin una determinación concreta. Me sentía parte del aire bonaerense y quería aprender a volar pero era excesivamente temeroso. Soportaba la pusilanimidad en estado puro, quebrado y esperando un rayo de luz.
En este punto del relato es donde empiezo a pecar de inculto: no se me vienen en mente adjetivos o sinónimos que puedan describir el vigor y la tensión que había en cada encuentro. Me refiero a los buenos y a los malos. Sólo supimos conocer los extremos. Nunca grises, siempre blanco o siempre negro. Siempre. Empezábamos a desconocer la razón por la cual seguíamos buscándonos y quizás hasta hoy ninguno de los dos la sepa, pero estoy sobradamente convencido de que podrían escribirse varios libros sobre ese lazo que inestablemente mantuvimos. Sobre esa atracción de la que nunca más probamos.
Durante el agotador cuestionamiento que me hacía, mi rescate se presentó de manera inesperada a través de una ventana de diálogo en mi móvil. Es gracioso que lo que tanto me disgustaba haya sido mi salvación. Quizás nunca lo había pensado de esa manera mientras la veía escribir respondiendo mensajes. Una palabra amiga que pueda distraerte de la miseria el tiempo suficiente para no caer en infortunios, seguro es un milagro. Pero estar sufriendo no hace a uno inocente de abandonar al ser más querido en esa lucha conjunta que es el amor.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Just like the others.
Travis
Bickle: I would say he has quite a few problems. His energy seems to go in the
wrong places. When I walked in and I saw you two sitting there, I could just
tell by the way you were both relating that there was no connection whatsoever.
And I felt when I walked in that there was something between us. There was an
impulse that we were both following. So that gave me the right to come in and
talk to you. Otherwise I would never have felt that I had the right to talk to
you or say anything to you. I never would have had the courage to talk to you.
And with him I felt there was nothing and I could sense it. When I walked in, I
knew I was right. Did you feel that way?
Betsy: I wouldn’t be here if I didn’t.
Betsy: I wouldn’t be here if I didn’t.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Siguen las anotaciones de Harry Haller
Esta mujer, que me había penetrado tan perfectamente, que parecía saber de la vida más que todos los sabios, se dedicaba a ser niña, al pequeño juego de la vida del momento, con un arte que me convirtió desde luego en su discípulo. Y lo mismo da que fuese todo ello alta sabiduría o sencillísima candidez. Quien sabía vivir de esta manera el momento, quien vivía de este modo tan actual y sabía estimar tan cuidadosa y amablemente toda flor pequeña del camino, todo minúsculo valor sin importancia del instante, éste estaba por encima de todo y no le importaba nada la vida. Y esta alegre criatura, con su buen apetito, con su buen gusto retozón, ¿era al propio tiempo una soñadora y una histérica que se deseaba la muerte, o una despierta calculadora que, conscientemente y con toda frialdad quería enamorarme y hacerme su esclavo? Esto no podía ser. No; se entregaba sencillamente al momento de tal suerte, que estaba abierta por entero, lo mismo que a toda ocurrencia placentera, también a todo fugitivo y negro horror de lejanas profundidades del alma y lo gustaba hasta el fin.
Der Steppenwolf - Hermann Hesse
Der Steppenwolf - Hermann Hesse
lunes, 1 de diciembre de 2014
Desencuentros.
Cartagena, España. Viernes 22 de Mayo de 1987, 05:47 hs. Simón escribe.
Supongo que los días que no paso pensando en ti, tu lo estas haciendo. Confío en esta idea para que no dejemos de existir. Después de todo, a algo hay que aferrarse para creer en uno mismo. De toda la danza de excusas para aun quererte que hay en mi cabeza, tomo la mas admisible. Aunque ahora que lo pienso, es igual de increíble que las otras. Y a lo mejor estas ahí, pensando en nada y mi ilusión es lo único que mantiene vivo el recuerdo de lo que alguna vez fue real. Te extraño.
Buenos Aires, Argentina. Viernes 22 de Mayo de 1987, 19,38. Olivia escribe.
Ojalá estuvieras acá. La tristeza ya no me deja saber claramente porque nos separamos. Camino nuestros caminos para tratar de dibujarme tu sonrisa en la imaginación, pero el viento se llevó todo. Vuelvo a casa y espero que estés en silencio leyendo el diario en una de las sillas de la cocina y suspirar aliviada. Pero no estas. Hace mucho que ya no estás y me pregunto si aun recuerdas que alguna vez fui tu amor. Cada hora que pasa es como un aniversario. De no verte. Ya se hace de noche otra vez y voy a volver a salir para buscarte.
Supongo que los días que no paso pensando en ti, tu lo estas haciendo. Confío en esta idea para que no dejemos de existir. Después de todo, a algo hay que aferrarse para creer en uno mismo. De toda la danza de excusas para aun quererte que hay en mi cabeza, tomo la mas admisible. Aunque ahora que lo pienso, es igual de increíble que las otras. Y a lo mejor estas ahí, pensando en nada y mi ilusión es lo único que mantiene vivo el recuerdo de lo que alguna vez fue real. Te extraño.
Buenos Aires, Argentina. Viernes 22 de Mayo de 1987, 19,38. Olivia escribe.
Ojalá estuvieras acá. La tristeza ya no me deja saber claramente porque nos separamos. Camino nuestros caminos para tratar de dibujarme tu sonrisa en la imaginación, pero el viento se llevó todo. Vuelvo a casa y espero que estés en silencio leyendo el diario en una de las sillas de la cocina y suspirar aliviada. Pero no estas. Hace mucho que ya no estás y me pregunto si aun recuerdas que alguna vez fui tu amor. Cada hora que pasa es como un aniversario. De no verte. Ya se hace de noche otra vez y voy a volver a salir para buscarte.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Manejar en la madrugada.
Amante de los placeres terrenales. Así me describió un compañero cierta vez mientras conversábamos y si leyera esto que escribo sonreiría con razón.
Hay sensaciones que uno experimenta que por su brevedad, o simplemente por no haber sido compartidas, el cuerpo no las recuerda hasta la próxima vez en que se perciben. Tuve hace un tiempo la sagacidad suficiente para anotar en un papel una de ellas y poder evocarla.
Esto me sucedía, usualmente, en noches de entre semana, cuando los trabajadores dormían y las calles estaban desiertas. Ella descendía, cerraba con enfado y yo miraba, estupefacto, como atravesaba el marco de la vieja puerta. Tardaba unos segundos en reaccionar y luego emprendía el camino de regreso a mi hogar. Casi no apoyaba el pie sobre el acelerador, mi marcha era constante e ininterrumpida. Las calles grises coloreadas por el ámbar del viejo alumbrado me conducían a su antojo. Sabía donde iba pero mis movimientos eran automáticos. El manejar comenzaba a hacerse un acto enteramente mecánico, independiente, desprovisto de todo razonamiento. Ya era tarde para librarme del efecto adormecedor del sonido del motor, que me había atrapado. La música comenzaba a filtrarse emotivamente en mis oídos. Sin dudas el confinamiento en este habitáculo aumentaba mi perceptibilidad y mi cerebro cedía el paso a las funciones más intimas del sentir. Advertía, sin ofrecer resistencia, como cada músculo se distendía durante mi involuntaria meditación, al igual que cada uno de mis sentidos. En momentos matemáticamente precisos la velocidad y el tiempo se conjugaban de manera tal que mi coche quedaba inmóvil y observaba el asfalto fluir aprisa por debajo del mismo.
Repentinamente la apática noche cobraba un interés insospechado y el deseo de conducir se acrecentaba conforme recorría caminos. Una sinfonía intermitente de luces amarillas me abría el paso y delineaba el punto de fuga de aquel cautivante cuadro. Intentaba atravesarlo pero cualquier esfuerzo era inútil, solo avanzaba para darme cuenta de que estaba en el mismo sitio. Y otra vez la radio me distraía del trayecto, sin querer cantaba. No ponía empeño en recordar letras pues naturalmente brotaban. El tema era irrelevante, todo tenía sentido. Las líneas blancas en el pavimento atropellaban mis ojos entretanto degustaba con mis oídos la miel de un saxo tenor.
Entendía que el placer se encontraba allí, se limitaba a este solitario momento y se daba únicamente bajo ciertas condiciones. Por más que quisiera reproducirlas artificialmente nada se comparaba con esta ambrosía, la receta era única. Esta planta florecía solo por las noches.
La oscuridad me tranquilizaba en aquella pista de despegue. No temía cerrar mis ojos, no había nada que pudiese sucederme cuando manejaba en la madrugada. Un susurro de viento insistente me contaba historias de lugares lejanos, de gente sin rostro, de colores nuevos. Me reclinaba lentamente en mi nave y escuchaba atentamente. La respiración se ahondaba y el corazón avanzaba a paso de hombre. En este punto deseaba nunca volver a mi planeta y me preparaba seriamente para la vida en el espacio. Ya no había vuelta atrás, el camino era uno y ya no estaba al mando. Primaban los sentidos y desfallecían mis fuerzas, observaba con desmayo como era devorado por un túnel de luz. La turbulencia se hacia intensa, creciente, constante. Tenía la sensación de atravesar los rieles del ferrocarril abordo de un vehículo. Al final de la claridad podía ver claramente mi vereda, mi morada, mi lugar acercándose a velocidades astrales, pero la máquina se detenía.
Un sonido estridente y un escueto mensaje en la pantalla: ¿Llegaste?.
Esto me sucedía, usualmente, en noches de entre semana, cuando los trabajadores dormían y las calles estaban desiertas. Ella descendía, cerraba con enfado y yo miraba, estupefacto, como atravesaba el marco de la vieja puerta. Tardaba unos segundos en reaccionar y luego emprendía el camino de regreso a mi hogar. Casi no apoyaba el pie sobre el acelerador, mi marcha era constante e ininterrumpida. Las calles grises coloreadas por el ámbar del viejo alumbrado me conducían a su antojo. Sabía donde iba pero mis movimientos eran automáticos. El manejar comenzaba a hacerse un acto enteramente mecánico, independiente, desprovisto de todo razonamiento. Ya era tarde para librarme del efecto adormecedor del sonido del motor, que me había atrapado. La música comenzaba a filtrarse emotivamente en mis oídos. Sin dudas el confinamiento en este habitáculo aumentaba mi perceptibilidad y mi cerebro cedía el paso a las funciones más intimas del sentir. Advertía, sin ofrecer resistencia, como cada músculo se distendía durante mi involuntaria meditación, al igual que cada uno de mis sentidos. En momentos matemáticamente precisos la velocidad y el tiempo se conjugaban de manera tal que mi coche quedaba inmóvil y observaba el asfalto fluir aprisa por debajo del mismo.
Repentinamente la apática noche cobraba un interés insospechado y el deseo de conducir se acrecentaba conforme recorría caminos. Una sinfonía intermitente de luces amarillas me abría el paso y delineaba el punto de fuga de aquel cautivante cuadro. Intentaba atravesarlo pero cualquier esfuerzo era inútil, solo avanzaba para darme cuenta de que estaba en el mismo sitio. Y otra vez la radio me distraía del trayecto, sin querer cantaba. No ponía empeño en recordar letras pues naturalmente brotaban. El tema era irrelevante, todo tenía sentido. Las líneas blancas en el pavimento atropellaban mis ojos entretanto degustaba con mis oídos la miel de un saxo tenor.
Entendía que el placer se encontraba allí, se limitaba a este solitario momento y se daba únicamente bajo ciertas condiciones. Por más que quisiera reproducirlas artificialmente nada se comparaba con esta ambrosía, la receta era única. Esta planta florecía solo por las noches.
La oscuridad me tranquilizaba en aquella pista de despegue. No temía cerrar mis ojos, no había nada que pudiese sucederme cuando manejaba en la madrugada. Un susurro de viento insistente me contaba historias de lugares lejanos, de gente sin rostro, de colores nuevos. Me reclinaba lentamente en mi nave y escuchaba atentamente. La respiración se ahondaba y el corazón avanzaba a paso de hombre. En este punto deseaba nunca volver a mi planeta y me preparaba seriamente para la vida en el espacio. Ya no había vuelta atrás, el camino era uno y ya no estaba al mando. Primaban los sentidos y desfallecían mis fuerzas, observaba con desmayo como era devorado por un túnel de luz. La turbulencia se hacia intensa, creciente, constante. Tenía la sensación de atravesar los rieles del ferrocarril abordo de un vehículo. Al final de la claridad podía ver claramente mi vereda, mi morada, mi lugar acercándose a velocidades astrales, pero la máquina se detenía.
Un sonido estridente y un escueto mensaje en la pantalla: ¿Llegaste?.
lunes, 20 de octubre de 2014
Pensamientos de un adolescente a sí mismo.
Necesito alejarme. Independizarme. Ver las cosas desde afuera. Valorar lo que tengo. Dejar mi comodidad, ¡no ser tan cómodo!. Perder la comodidad significará darle valor a todo. Saber que algún día las cosas y personas no estarán ahí. Probar la soledad, enfrentarme a ella. Trabajar duro, estudiar en serio. Buscarme, encontrar mi objetivo, definirme. Aplicar lo que sé en un lugar donde sea útil, para los demás y para mí. No encasillar mi futuro pero tampoco estar a la deriva. Saber siempre cual es mi próximo paso aunque sea tomar riesgos. Ganarme las cosas. Lograr. Proponer y lograr. Ser constante, perseverar. Fijar la mirada en un horizonte nítido, luego actuar. Hacer bien, solo bien. Cuando este realmente definido voy a poder saber como ayudar a los demás. Empezar por mi, seguir por mi gente mas cercana. Tomar distancia, no irse. Formar mi vida, no escaparme. Tomar mi camino, no huir. Respetar mis propias decisiones. No desalentarme, no desesperar. Si el objetivo esta claro, los pasos a seguir van a ser claros. De ahí la relevancia. Hoy camino en círculos, estoy encerrado por miedo a perder y por comodidad. Se entonces que mi próximo paso es alejarme de lo que me ata. De una vez. Esto quizás no tenga vuelta atrás. Hay que hacerlo. Si no sintiera que hay que hacerlo, no escribiría esto. Confiá. Confiá en el yo que escribió hoy esta hoja. Sos vos mismo, pero en el momento de lucidez en el que sabes que debes moverte. Hacelo. Ahora.
jueves, 11 de septiembre de 2014
Tipo soez.
Volví anoche a un recuerdo etéreo. Yacía desparramado, con mi torso desnudo apoyado en la gélida pared y el mentón pegado al pecho. Mis ojos se trenzaban en triste batalla con mis párpados para intentar divisar algo más allá de mis propios pies.Afuera era invierno, eso lo sabía. Y adentro mio, quizás también. A juzgar por la cantidad de humo que viciaba el aire de la pequeña habitación deduje que varias horas de la madrugada habían transcurrido. Mi cinturón desabrochado y la botella vacía de Llave se teñían de azul, al igual que todo objeto que alcanzara la luz que aquel televisor de doce pulgadas, en modo vídeo, emitía. Todo lo que, con dificultad, lograba ver aparecía como mágicamente y se evaporaba desenfocado o consumido en la oscuridad de un pestañeo. Distinguí aquellas anónimas piernas que marcaban el ritmo de cierto rock indie y, latentemente, recuerdo mi esfuerzo por ponerles nombre. Miraba como hipnotizado el movimiento que los pies describían: las puntas fijas y los talones trazando un arco sincrónica y repetitivamente. Cada tanto, ambos se despegaban algunos centímetros del piso. Mientras más fijaba la mirada, más me sumía en aquel letargo que no parecía tener fin. Ni siquiera la brasa de ese cigarro perforando la alfombra logró sobresaltarme.
Realmente ocupaba mi mente tratar de descubrir junto a quién compartía mi soledad. Aquello era, entendí, una reunión de dos almas desoladas intentando no caer en el olvido, intentando no disolverse en la desesperanza de una noche agría. El recuerdo como bandera y excusa para el reencuentro. Lascivia y demás vicios como maquillaje de un carente sentimiento verdadero.
Compartir la intimidad con un forastero puede originar sensaciones encontradas y ahí me hallaba, reconfortando transitoriamente el desconsuelo pero ahondando el vacío; socavando mis principios pero destiñendo la aflicción. Salaba mis heridas, dolía pero cicatrizaban. Y era el mejor camino.
Reaccioné súbitamente intentando llenar de aire mis pulmones mientras con asombro y desprecio observaba mis alrededores. Mis sentidos se rebelaron como exhortandome a levantarme y, junto a mi conciencia, lo lograron.
La condensación en el álgido ventanal caía en lagrimas que completaban la marchita atmósfera, mientras en un lejano rincón de la urbe brotaban los rayos que me harían emigrar cual rata a su madriguera.
lunes, 18 de agosto de 2014
Castillos de arena.
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