Grande

lunes, 21 de julio de 2014

El tiempo se mide en porrones.

El arte de perder el tiempo. Pero no de malgastarlo, perderlo solo perderlo. Dejar que discurra cual arroyo y que en la misma agua se ahoguen las penas de un día gris, o tal vez de una semana, ¿o será de toda la vida?. Y tampoco, quizás, sea agua. Quizás sea alcohol. Si, ¿por qué no?, un arroyo de alcohol o también un mar. Un mar infinito de alcohol donde se ahogan penas y se pierde el tiempo.
Mis amigos: los artistas. Los artistas del octavo arte, el arte de disfrazar el tiempo a su antojo. Individuos peculiares, únicos y en constante renuencia de la subordinación que la vida supone. Si hay algo que realmente conocen son las sendas del desconcierto, entienden a la perfección por donde llevar lo indeseable, saben como marear a la desesperanza y gambetear la derrota. Tienen cualidades muy distintas pero un objetivo muy claro, ellos defienden a muerte la satisfacción, la alegría de estar juntos. Cuentan con armas inofensivas pero altamente efectivas y hablo de la risa, de la emoción y de la gracia. Armas que hoy se infiltran en estas palabras porque mientras escribo puedo escuchar la algazara en la madrugada que despierta jubilados, los mismos que al otro día se quejarán de los malditos trasnochados que interrumpieron su sueño. Perdónenlos porque, aunque desde afuera no parezca, ellos están luchando. A capa y espada enfrentan la parte amarga de la propia vida y por nada en este mundo permitirán que una pena se introduzca en este íntimo rincón. Estos seres desarrollaron la agudeza en el humor y la disposición al buen vivir más que cualquier otra virtud, encendieron con su chispa una luz que para mí hoy brilla más que ninguna. Me entregan desinteresadamente las anécdotas que a mis nietos repetiré cuando en mi senil recuerdo evoque series de eternas carcajadas, fascinantes ocurrencias o acaso las más ingeniosas formas de burlar al tiempo.
Ellos, destructores de la preocupación y arquitectos del deleite, con sus mañas y habilidad, manejando a gusto lo que para otros es implacable, no argumentan en contra de la inflexibilidad de la existencia y con desparpajo me proponen: ¿un porrón más?.


Oportunidades.

Sí, hablo de esa fusión de circunstancias en el tiempo y lugar determinados por única vez la vida. Un concepto tan efímero como intangible, escurridizo, tan extraordinariamente singular y dependiente de tal cantidad de factores que no podríamos encontrar dos iguales en toda la historia.
Me gusta pensarlas como momentos especialmente generosos que se presentan de forma esporádica ante nosotros pero que, sin embargo, no revisten importancia intrínseca. Mas si lo hacen las decisiones posteriores al surgimiento de la oportunidad en cuestión. Digo, pues, que las chances tienen fecha de caducidad e inequívoco direccionamiento. Que si uno no hace lucro de las mismas, ya no habrá vuelta atrás y que ellas son los atajos que nos brinda el destino para llegar a lugares donde realmente vamos a querer estar. Claro está que esto no se enseña en la escuela y que, en más de una ocasión, haremos caso omiso de ese guiño que se nos ofrece. Lo penoso no llega hasta que el iluso cae en consideración de lo que ha desperdiciado. También es curioso ver que quien ha hecho usufructo no suele ser totalmente consciente del mismo hasta no contrastar su suerte con la ajena o la suya precedente. Precisamente aquí reside, para uno, lo llamativo del asunto: Las oportunidades no se ven venir ni tampoco se las ve irse; sólo el tiempo, lentamente muestra, si hemos acertado.

domingo, 6 de julio de 2014

No aclares que oscurece.

Este es el reflejo de lo que en mi suscita la contemplación del mundo. Definiendo reflejo como la expresión de mis sentimientos por medios artísticos. Definiendo contemplación como fascinación exacerbada por los sucesos que a mi alrededor acontecen. Definiendo mundo como el espacio físico que mis pares y yo habitamos, la infinidad de relaciones y reacciones posibles entre nosotros, y las consecuencias que ellas desencadenan.
Cuanto cuesta la neutralidad. No puedo más que admirar a aquel que controla su opinión, que se conoce y no se traiciona, que escucha y no atropella con palabras, que maneja sabiamente la paciencia. Cuanto cuesta no aferrarse al dictamen. Maravilla quien bajó a tiempo de su arrogancia para encomendarse al aprendizaje. Cuanto cuesta no intervenir. La sapiencia del que entiende que un consejo se ofrece desde la humildad, desde la propia vivencia.
Me costó el tiempo de mi existencia todo, hasta este día, darme cuenta del fastidio que produce esta manera de ver la vida. El hecho de buscar permanentemente sentido a cada evento termina por destruir la esperanza de una persona, de a poco uno se convierte en un intolerante de la incertidumbre que, al fin y al cabo, es una de las principales características de la existencia humana. Será cuestión de abandonar la búsqueda de firmes convicciones, de certezas y permitirse esperar que simplemente se presenten. Negarse a ser esclavo de lo resuelto, atribuir valor a cada momento o tomar el goce como la unidad de medida de ellos. Sucumbir a la relatividad de estar presente, agradecer de aquí yacer. Debería asimismo suspender la vehemencia de esta explicación si pretendo hacer honor de lo antedicho, pero que complejo se me hace...
Nací así. Esta peculiaridad de desmenuzar cada episodio y de dejar mi vida en ello que antaño consideré virtud hoy es mi fantasma. Me persigue, me asegura claramente en mohínos rostros que el camino es otro. Gracioso este último término, ya que otro es también quien impulsa estas palabras porque es a quien llegan las acciones, es en quien reverbera esa labor y es quien me demuestra el hastío que termina por inspirar el cambio.