Grande

jueves, 11 de septiembre de 2014

Tipo soez.

Volví anoche a un recuerdo etéreo. Yacía desparramado, con mi torso desnudo apoyado en la gélida pared y el mentón pegado al pecho. Mis ojos se trenzaban en triste batalla con mis párpados para intentar divisar algo más allá de mis propios pies.
Afuera era invierno, eso lo sabía. Y adentro mio, quizás también. A juzgar por la cantidad de humo que viciaba el aire de la pequeña habitación deduje que varias horas de la madrugada habían transcurrido. Mi cinturón desabrochado y la botella vacía de Llave se teñían de azul, al igual que todo objeto que alcanzara la luz que aquel televisor de doce pulgadas, en modo vídeo, emitía. Todo lo que, con dificultad, lograba ver aparecía como mágicamente y se evaporaba desenfocado o consumido en la oscuridad de un pestañeo. Distinguí aquellas anónimas piernas que marcaban el ritmo de cierto rock indie y, latentemente, recuerdo mi esfuerzo por ponerles nombre. Miraba como hipnotizado el movimiento que los pies describían: las puntas fijas y los talones trazando un arco sincrónica y repetitivamente. Cada tanto, ambos se despegaban algunos centímetros del piso. Mientras más fijaba la mirada, más me sumía en aquel letargo que no parecía tener fin. Ni siquiera la brasa de ese cigarro perforando la alfombra logró sobresaltarme.
Realmente ocupaba mi mente tratar de descubrir junto a quién compartía mi soledad. Aquello era, entendí, una reunión de dos almas desoladas intentando no caer en el olvido, intentando no disolverse en la desesperanza de una noche agría. El recuerdo como bandera y excusa para el reencuentro. Lascivia y demás vicios como maquillaje de un carente sentimiento verdadero.
Compartir la intimidad con un forastero puede originar sensaciones encontradas y ahí me hallaba, reconfortando transitoriamente el desconsuelo pero ahondando el vacío; socavando mis principios pero destiñendo la aflicción. Salaba mis heridas, dolía pero cicatrizaban. Y era el mejor camino.
Reaccioné súbitamente intentando llenar de aire mis pulmones mientras con asombro y desprecio observaba mis alrededores. Mis sentidos se rebelaron como exhortandome a levantarme y, junto a mi conciencia, lo lograron.
La condensación en el álgido ventanal caía en lagrimas que completaban la marchita atmósfera, mientras en un lejano rincón de la urbe brotaban los rayos que me harían emigrar cual rata a su madriguera.