Grande

miércoles, 29 de abril de 2015

Desisto.

Me derrito en medio del boulevard. Que importa la gente si lo único que quiero es pelear con vos. Sabemos muy bien, los dos, donde lleva esto. Que venís, que te vas, que me quedo, que no estás. Sólo quiero alargar el momento para que el ósculo valga más. Que valga el doble, o el triple. Que valga sangre, como la que corre ahora a toda velocidad por tus manos. Las que gesticulan con experiencia en esto del engaño. El que mastico ya sin confianza. La que perdí hace rato. Hace rato pienso sólo en tu boca. La que se mueve en cámara lenta, mientras miro fijamente. Fijo mi mente en esos ojos que buscan. Buscas llegar a que te crea. Creo que lo logras, y aquí estoy. Estoy en el boulevard. Es decir, estamos. Pero si somos como uno, dos pero como uno. ¿Pero cómo?, ¿cómo llegamos hasta acá?. Ni siquiera recuerdo como te conocí y ya te estas yendo. Hay algo que no está bien. Siento que tus ojos que buscan me miran de nuevo, pero están quietos. Y tu pelo no se mueve tampoco. ¿Por qué no hablas? Estas plana, como el papel de esta foto. ¿Pero por qué no hablas? Me estoy derritiendo en el boulevard por uno de tus besos, uno más. Ya esperé demasiado. ¿Me escuchas? Te estoy hablando hace mucho y hace mucho espero que me hables. Cuantas veces desperdiciamos palabras, ¡cuantas veces! Las cambio todas por otro segundo al lado tuyo. Me gustaría acordarme de como se mueven tus cejas al hablar, o del aroma de tu ropa. Pero estas tan quieta, otra vez, como ayer. Como anteayer. Y como siempre desde aquella vez que nos dejamos en el boulevard.

domingo, 15 de marzo de 2015

Me gusta cuando llueve.

- Como odio cuando llueve.

- ¿Por qué?, la lluvia nos aísla. Cuando hay agua en las calles no salimos, tampoco nadie viene. Y cuando uno está solo piensa, reflexiona, se cuestiona, se pregunta.

- Claro, eso es lo que no me gusta.

- Bueno, igualmente yo creo que hay algo más que sólo la consecuencia física de que caiga agua. Algo cambia, algo se activa dentro de uno.

- No me atrae lo que decís.

- Pensalo bien, estoy seguro que los días de lluvia son los días en que más canciones se inventaron, en los que más libros se han escrito.

- A mí no me da ganas de hacer nada de eso. Además me desagrada el olor a tierra.

- Eso es solo al principio. Acordate del placer de estar debajo de un techo cuando garúa. De escuchar como se dibuja la estela de agua cuando pasa un auto por la calle. ¿No te encanta?

- No le veo la gracia.

- Si estás solo es inspirador, si estás acompañado siempre es mejor. La lluvia multiplica la intimidad y te arrastra a algún rincón de la casa donde resguardarte.

- Si tenes que salir no es para nada divertido.

- Lo es si disfrutas de ver a la gente con esa ropa graciosa o si dejas que algunas gotas te peguen en el rostro sin preocuparte.

- Prefiero el sol.

- Yo no.


martes, 20 de enero de 2015

Un milagro en Balvanera.

Trece pisos bajé mirando el techo del ascensor. Preferí encandilarme con el fluorescente a mirar los múltiples reflejos de mi rostro que, en ese momento, me avergonzaba. La puerta se cerraba tras de mí mientras cruzaba la calle vacía en busca de tabaco. Le pedí permiso al tachero que, apoyado en la ventana del kiosco, miraba la repetición del partido de Banfield. Se movió sin despegar los codos y sin contestarme. Confundido, le dediqué una mirada de incredulidad por su ensimismamiento, mientras pedía un Marlboro y una caja de fósforos. Pagué y me alejé golpeando el atado en la palma de mi mano. En la esquina me detuve para encender uno y luego emprendí una caminata acotada en la misma cuadra, para no distanciarme demasiado. Fui y vine dos veces, hasta que el cigarro se consumió. Tenía ganas de tener un paquete infinito o de caminar por Callao hasta perderme, pero sabía con claridad que eso no iba a ayudar en nada. Supongo que lo único que buscaba era una excusa para no volver a alla arriba. Disfrutaba del placer de respirar el aire porteño, tan diferente al de mi Rosario. Exhalaba observando el balcón del departamento desde abajo, temiendo volver a subir.

No es tarea sencilla describir el peor día en la vida de una persona, hay detalles que sólo pueden sentirse. Cuando uno escribe se entremete en la piel de cada personaje, se pone sus zapatos y camina un rato con ellos hasta familiarizarse. Luego cuenta. Cuando el personaje es quien escribe, el proceso es similar. El protagonista es uno mismo pero en otro momento del tiempo, entonces es preciso entornar los ojos y embeberse de las pasadas sensaciones. Esto, casi siempre, resulta reconfortante, ya que por naturaleza tendemos a dejar en la superficie de nuestro pensamiento lo más ameno. Sin embargo, me invité constantemente, en los últimos meses, a repasar un episodio que permanecía inédito en mis registros y la experiencia me resultó en tribulación.

Cuando entré de nuevo al cuarto todavía tenía su celular en la mano, cada minuto que dedicaba a responder mensajes desgarraba mis ganas y mi paciencia. Estábamos ahí para intentarlo nuevamente, para remendar ese cariño descosido y el tiempo en que no nos mirábamos era tiempo prestado, tiempo perdido para esta causa.
Todo había cambiado después de mi viaje y el orgullo nos consumía poco a poco. Ninguno dejaba de pensar que la propia decisión era la más sabia y un infinito era nuestra diferencia. Conversaciones sin finalidad mayor que el conflicto, como buscando escapar rápidamente por la puerta de emergencia de aquel febril acercamiento. Bebíamos agresivamente y nos besábamos con violencia. La música, elemento omnipresente en nuestras vidas, no faltaba y condecíase con la situación. Carecíamos de modales en el trato mutuo pero jamás de pasión. Reñíamos con ganas, sin conclusiones, con el recurso inagotable del sinsentido. El paseo dejó de consistir en disfrutar de la cercanía del otro, ya sólo intentábamos a cualquier precio desligarnos de la culpa de no encargarnos de la situación. Sacamos a relucir toda la intensidad que nos caracterizaba pero aplicada a lastimar al otro, palabra tras palabra. Era una guerra interminable donde el ganador era el menos lastimado. Llegaríamos hasta donde nuestras fuerzas nos permitieran o hasta donde el corazón estallase. 
La tomaba por los hombros inspeccionando su mirada perdida en el miedo, la mía seguramente era de desesperación. Pero lejos de casa, no había donde huir y no existía hablarlo mañana.



Extenuada, hundió su cara entre las impolutas sabanas de la imponente cama. Yo salí al balcón. Cerré la ventana para que no me observara y me dediqué a contemplar el asfalto. Lamento haber padecido lo que en aquel momento pero, Dios, que bien se hubiese sentido ponerle fin a todo. No puedo recordar con certeza cuantos fueron los minutos en que realmente consideré escaparle a todos los problemas pero, si de algo estoy seguro, es que pasaron muy lento. Bien podría haber sido una hora de la vida real mas yo me encontraba vagando cansinamente en oscuras cavilaciones que nada tenían que ver con este mundo.

Estaba literalmente atrapado en mi limbo de dos metros cuadrados sin una determinación concreta. Me sentía parte del aire bonaerense y quería aprender a volar pero era excesivamente temeroso. Soportaba la pusilanimidad en estado puro, quebrado y esperando un rayo de luz.

En este punto del relato es donde empiezo a pecar de inculto: no se me vienen en mente adjetivos o sinónimos que puedan describir el vigor y la tensión que había en cada encuentro. Me refiero a los buenos y a los malos. Sólo supimos conocer los extremos. Nunca grises, siempre blanco o siempre negro. Siempre. Empezábamos a desconocer la razón por la cual seguíamos buscándonos y quizás hasta hoy ninguno de los dos la sepa, pero estoy sobradamente convencido de que podrían escribirse varios libros sobre ese lazo que inestablemente mantuvimos. Sobre esa atracción de la que nunca más probamos.

Durante el agotador cuestionamiento que me hacía, mi rescate se presentó de manera inesperada a través de una ventana de diálogo en mi móvil. Es gracioso que lo que tanto me disgustaba haya sido mi salvación. Quizás nunca lo había pensado de esa manera mientras la veía escribir respondiendo mensajes. Una palabra amiga que pueda distraerte de la miseria el tiempo suficiente para no caer en infortunios, seguro es un milagro. Pero estar sufriendo no hace a uno inocente de abandonar al ser más querido en esa lucha conjunta que es el amor.