Trece pisos bajé mirando el techo del ascensor. Preferí encandilarme con el fluorescente a mirar los múltiples reflejos de mi rostro que, en ese momento, me avergonzaba. La puerta se cerraba tras de mí mientras cruzaba la calle vacía en busca de tabaco. Le pedí permiso al tachero que, apoyado en la ventana del kiosco, miraba la repetición del partido de Banfield. Se movió sin despegar los codos y sin contestarme. Confundido, le dediqué una mirada de incredulidad por su ensimismamiento, mientras pedía un Marlboro y una caja de fósforos. Pagué y me alejé golpeando el atado en la palma de mi mano. En la esquina me detuve para encender uno y luego emprendí una caminata acotada en la misma cuadra, para no distanciarme demasiado. Fui y vine dos veces, hasta que el cigarro se consumió. Tenía ganas de tener un paquete infinito o de caminar por Callao hasta perderme, pero sabía con claridad que eso no iba a ayudar en nada. Supongo que lo único que buscaba era una excusa para no volver a alla arriba. Disfrutaba del placer de respirar el aire porteño, tan diferente al de mi Rosario. Exhalaba observando el balcón del departamento desde abajo, temiendo volver a subir.
No es tarea sencilla describir el peor día en la vida de una persona, hay detalles que sólo pueden sentirse. Cuando uno escribe se entremete en la piel de cada personaje, se pone sus zapatos y camina un rato con ellos hasta familiarizarse. Luego cuenta. Cuando el personaje es quien escribe, el proceso es similar. El protagonista es uno mismo pero en otro momento del tiempo, entonces es preciso entornar los ojos y embeberse de las pasadas sensaciones. Esto, casi siempre, resulta reconfortante, ya que por naturaleza tendemos a dejar en la superficie de nuestro pensamiento lo más ameno. Sin embargo, me invité constantemente, en los últimos meses, a repasar un episodio que permanecía inédito en mis registros y la experiencia me resultó en tribulación.
Cuando entré de nuevo al cuarto todavía tenía su celular en la mano, cada minuto que dedicaba a responder mensajes desgarraba mis ganas y mi paciencia. Estábamos ahí para intentarlo nuevamente, para remendar ese cariño descosido y el tiempo en que no nos mirábamos era tiempo prestado, tiempo perdido para esta causa.
Todo había cambiado después de mi viaje y el orgullo nos consumía poco a poco. Ninguno dejaba de pensar que la propia decisión era la más sabia y un infinito era nuestra diferencia. Conversaciones sin finalidad mayor que el conflicto, como buscando escapar rápidamente por la puerta de emergencia de aquel febril acercamiento. Bebíamos agresivamente y nos besábamos con violencia. La música, elemento omnipresente en nuestras vidas, no faltaba y condecíase con la situación. Carecíamos de modales en el trato mutuo pero jamás de pasión. Reñíamos con ganas, sin conclusiones, con el recurso inagotable del sinsentido. El paseo dejó de consistir en disfrutar de la cercanía del otro, ya sólo intentábamos a cualquier precio desligarnos de la culpa de no encargarnos de la situación. Sacamos a relucir toda la intensidad que nos caracterizaba pero aplicada a lastimar al otro, palabra tras palabra. Era una guerra interminable donde el ganador era el menos lastimado. Llegaríamos hasta donde nuestras fuerzas nos permitieran o hasta donde el corazón estallase.
La tomaba por los hombros inspeccionando su mirada perdida en el miedo, la mía seguramente era de desesperación. Pero lejos de casa, no había donde huir y no existía hablarlo mañana.
Extenuada, hundió su cara entre las impolutas sabanas de la imponente cama. Yo salí al balcón. Cerré la ventana para que no me observara y me dediqué a contemplar el asfalto. Lamento haber padecido lo que en aquel momento pero, Dios, que bien se hubiese sentido ponerle fin a todo. No puedo recordar con certeza cuantos fueron los minutos en que realmente consideré escaparle a todos los problemas pero, si de algo estoy seguro, es que pasaron muy lento. Bien podría haber sido una hora de la vida real mas yo me encontraba vagando cansinamente en oscuras cavilaciones que nada tenían que ver con este mundo.
Estaba literalmente atrapado en mi limbo de dos metros cuadrados sin una determinación concreta. Me sentía parte del aire bonaerense y quería aprender a volar pero era excesivamente temeroso. Soportaba la pusilanimidad en estado puro, quebrado y esperando un rayo de luz.
En este punto del relato es donde empiezo a pecar de inculto: no se me vienen en mente adjetivos o sinónimos que puedan describir el vigor y la tensión que había en cada encuentro. Me refiero a los buenos y a los malos. Sólo supimos conocer los extremos. Nunca grises, siempre blanco o siempre negro. Siempre. Empezábamos a desconocer la razón por la cual seguíamos buscándonos y quizás hasta hoy ninguno de los dos la sepa, pero estoy sobradamente convencido de que podrían escribirse varios libros sobre ese lazo que inestablemente mantuvimos. Sobre esa atracción de la que nunca más probamos.
Durante el agotador cuestionamiento que me hacía, mi rescate se presentó de manera inesperada a través de una ventana de diálogo en mi móvil. Es gracioso que lo que tanto me disgustaba haya sido mi salvación. Quizás nunca lo había pensado de esa manera mientras la veía escribir respondiendo mensajes. Una palabra amiga que pueda distraerte de la miseria el tiempo suficiente para no caer en infortunios, seguro es un milagro. Pero estar sufriendo no hace a uno inocente de abandonar al ser más querido en esa lucha conjunta que es el amor.
No es tarea sencilla describir el peor día en la vida de una persona, hay detalles que sólo pueden sentirse. Cuando uno escribe se entremete en la piel de cada personaje, se pone sus zapatos y camina un rato con ellos hasta familiarizarse. Luego cuenta. Cuando el personaje es quien escribe, el proceso es similar. El protagonista es uno mismo pero en otro momento del tiempo, entonces es preciso entornar los ojos y embeberse de las pasadas sensaciones. Esto, casi siempre, resulta reconfortante, ya que por naturaleza tendemos a dejar en la superficie de nuestro pensamiento lo más ameno. Sin embargo, me invité constantemente, en los últimos meses, a repasar un episodio que permanecía inédito en mis registros y la experiencia me resultó en tribulación.
Cuando entré de nuevo al cuarto todavía tenía su celular en la mano, cada minuto que dedicaba a responder mensajes desgarraba mis ganas y mi paciencia. Estábamos ahí para intentarlo nuevamente, para remendar ese cariño descosido y el tiempo en que no nos mirábamos era tiempo prestado, tiempo perdido para esta causa.
Todo había cambiado después de mi viaje y el orgullo nos consumía poco a poco. Ninguno dejaba de pensar que la propia decisión era la más sabia y un infinito era nuestra diferencia. Conversaciones sin finalidad mayor que el conflicto, como buscando escapar rápidamente por la puerta de emergencia de aquel febril acercamiento. Bebíamos agresivamente y nos besábamos con violencia. La música, elemento omnipresente en nuestras vidas, no faltaba y condecíase con la situación. Carecíamos de modales en el trato mutuo pero jamás de pasión. Reñíamos con ganas, sin conclusiones, con el recurso inagotable del sinsentido. El paseo dejó de consistir en disfrutar de la cercanía del otro, ya sólo intentábamos a cualquier precio desligarnos de la culpa de no encargarnos de la situación. Sacamos a relucir toda la intensidad que nos caracterizaba pero aplicada a lastimar al otro, palabra tras palabra. Era una guerra interminable donde el ganador era el menos lastimado. Llegaríamos hasta donde nuestras fuerzas nos permitieran o hasta donde el corazón estallase.
La tomaba por los hombros inspeccionando su mirada perdida en el miedo, la mía seguramente era de desesperación. Pero lejos de casa, no había donde huir y no existía hablarlo mañana.
Extenuada, hundió su cara entre las impolutas sabanas de la imponente cama. Yo salí al balcón. Cerré la ventana para que no me observara y me dediqué a contemplar el asfalto. Lamento haber padecido lo que en aquel momento pero, Dios, que bien se hubiese sentido ponerle fin a todo. No puedo recordar con certeza cuantos fueron los minutos en que realmente consideré escaparle a todos los problemas pero, si de algo estoy seguro, es que pasaron muy lento. Bien podría haber sido una hora de la vida real mas yo me encontraba vagando cansinamente en oscuras cavilaciones que nada tenían que ver con este mundo.
Estaba literalmente atrapado en mi limbo de dos metros cuadrados sin una determinación concreta. Me sentía parte del aire bonaerense y quería aprender a volar pero era excesivamente temeroso. Soportaba la pusilanimidad en estado puro, quebrado y esperando un rayo de luz.
En este punto del relato es donde empiezo a pecar de inculto: no se me vienen en mente adjetivos o sinónimos que puedan describir el vigor y la tensión que había en cada encuentro. Me refiero a los buenos y a los malos. Sólo supimos conocer los extremos. Nunca grises, siempre blanco o siempre negro. Siempre. Empezábamos a desconocer la razón por la cual seguíamos buscándonos y quizás hasta hoy ninguno de los dos la sepa, pero estoy sobradamente convencido de que podrían escribirse varios libros sobre ese lazo que inestablemente mantuvimos. Sobre esa atracción de la que nunca más probamos.
Durante el agotador cuestionamiento que me hacía, mi rescate se presentó de manera inesperada a través de una ventana de diálogo en mi móvil. Es gracioso que lo que tanto me disgustaba haya sido mi salvación. Quizás nunca lo había pensado de esa manera mientras la veía escribir respondiendo mensajes. Una palabra amiga que pueda distraerte de la miseria el tiempo suficiente para no caer en infortunios, seguro es un milagro. Pero estar sufriendo no hace a uno inocente de abandonar al ser más querido en esa lucha conjunta que es el amor.

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