Un ser melancólico que escribía en los momentos de mayor agobio. Usaba la escritura como un escape, como la droga que su cuerpo demandaba tras larga abstinencia. A través de su lápiz fluía la sangre con la que trazaba la hoja virgen y daba rienda suelta a esa cascada de sentimientos que sobrevenían. Cuando no escribía, pensaba en ello y cuando escribía, no pensaba. Costaba romper la burbuja que solo lo contenía a él y a su cuaderno. Desde allí adentro todo lo demás era monotonía y el final de la hoja, su única distracción. Una actividad simple para curar problemas tan complejos como el mismísimo sentido de la vida. Y es que algunos no necesitan de más: escribir y leer es escucharse a sí mismo, es terapia de a uno, es mirarse a un espejo. Hoy escribe por la lluvia y mañana por lo mismo, cualquiera es la excusa, lo importante es lo vivido. Tratar de explicar su laberinto mental a personas invisibles que jamás leerán lo que nunca fue escrito, porque al final solo importa ser querido. ¿Dónde esta la felicidad de conocerse a uno mismo si lo que tenemos no es compartido?. Así era él. Trataba de llegar por caminos desconocidos y mirando hacia atrás...sólo los había recorrido.
