Grande

domingo, 9 de febrero de 2014

Su salida.


Un ser melancólico que escribía en los momentos de mayor agobio. Usaba la escritura como un escape, como la droga que su cuerpo demandaba tras larga abstinencia. A través de su lápiz fluía la sangre con la que trazaba la hoja virgen y daba rienda suelta a esa cascada de sentimientos que sobrevenían. Cuando no escribía, pensaba en ello y cuando escribía, no pensaba. Costaba romper la burbuja que solo lo contenía a él y a su cuaderno. Desde allí adentro todo lo demás era monotonía y el final de la hoja, su única distracción. Una actividad simple para curar problemas tan complejos como el mismísimo sentido de la vida. Y es que algunos no necesitan de más: escribir y leer es escucharse a sí mismo, es terapia de a uno, es mirarse a un espejo. Hoy escribe por la lluvia y mañana por lo mismo, cualquiera es la excusa, lo importante es lo vivido. Tratar de explicar su laberinto mental a personas invisibles que jamás leerán lo que nunca fue escrito, porque al final solo importa ser querido. ¿Dónde esta la felicidad de conocerse a uno mismo si lo que tenemos no es compartido?. Así era él. Trataba de llegar por caminos desconocidos y mirando hacia atrás...sólo los había recorrido.