Hay sensaciones que uno experimenta que por su brevedad, o simplemente por no haber sido compartidas, el cuerpo no las recuerda hasta la próxima vez en que se perciben. Tuve hace un tiempo la sagacidad suficiente para anotar en un papel una de ellas y poder evocarla.
Esto me sucedía, usualmente, en noches de entre semana, cuando los trabajadores dormían y las calles estaban desiertas. Ella descendía, cerraba con enfado y yo miraba, estupefacto, como atravesaba el marco de la vieja puerta. Tardaba unos segundos en reaccionar y luego emprendía el camino de regreso a mi hogar. Casi no apoyaba el pie sobre el acelerador, mi marcha era constante e ininterrumpida. Las calles grises coloreadas por el ámbar del viejo alumbrado me conducían a su antojo. Sabía donde iba pero mis movimientos eran automáticos. El manejar comenzaba a hacerse un acto enteramente mecánico, independiente, desprovisto de todo razonamiento. Ya era tarde para librarme del efecto adormecedor del sonido del motor, que me había atrapado. La música comenzaba a filtrarse emotivamente en mis oídos. Sin dudas el confinamiento en este habitáculo aumentaba mi perceptibilidad y mi cerebro cedía el paso a las funciones más intimas del sentir. Advertía, sin ofrecer resistencia, como cada músculo se distendía durante mi involuntaria meditación, al igual que cada uno de mis sentidos. En momentos matemáticamente precisos la velocidad y el tiempo se conjugaban de manera tal que mi coche quedaba inmóvil y observaba el asfalto fluir aprisa por debajo del mismo.
Repentinamente la apática noche cobraba un interés insospechado y el deseo de conducir se acrecentaba conforme recorría caminos. Una sinfonía intermitente de luces amarillas me abría el paso y delineaba el punto de fuga de aquel cautivante cuadro. Intentaba atravesarlo pero cualquier esfuerzo era inútil, solo avanzaba para darme cuenta de que estaba en el mismo sitio. Y otra vez la radio me distraía del trayecto, sin querer cantaba. No ponía empeño en recordar letras pues naturalmente brotaban. El tema era irrelevante, todo tenía sentido. Las líneas blancas en el pavimento atropellaban mis ojos entretanto degustaba con mis oídos la miel de un saxo tenor.
Entendía que el placer se encontraba allí, se limitaba a este solitario momento y se daba únicamente bajo ciertas condiciones. Por más que quisiera reproducirlas artificialmente nada se comparaba con esta ambrosía, la receta era única. Esta planta florecía solo por las noches.
La oscuridad me tranquilizaba en aquella pista de despegue. No temía cerrar mis ojos, no había nada que pudiese sucederme cuando manejaba en la madrugada. Un susurro de viento insistente me contaba historias de lugares lejanos, de gente sin rostro, de colores nuevos. Me reclinaba lentamente en mi nave y escuchaba atentamente. La respiración se ahondaba y el corazón avanzaba a paso de hombre. En este punto deseaba nunca volver a mi planeta y me preparaba seriamente para la vida en el espacio. Ya no había vuelta atrás, el camino era uno y ya no estaba al mando. Primaban los sentidos y desfallecían mis fuerzas, observaba con desmayo como era devorado por un túnel de luz. La turbulencia se hacia intensa, creciente, constante. Tenía la sensación de atravesar los rieles del ferrocarril abordo de un vehículo. Al final de la claridad podía ver claramente mi vereda, mi morada, mi lugar acercándose a velocidades astrales, pero la máquina se detenía.
Un sonido estridente y un escueto mensaje en la pantalla: ¿Llegaste?.
Esto me sucedía, usualmente, en noches de entre semana, cuando los trabajadores dormían y las calles estaban desiertas. Ella descendía, cerraba con enfado y yo miraba, estupefacto, como atravesaba el marco de la vieja puerta. Tardaba unos segundos en reaccionar y luego emprendía el camino de regreso a mi hogar. Casi no apoyaba el pie sobre el acelerador, mi marcha era constante e ininterrumpida. Las calles grises coloreadas por el ámbar del viejo alumbrado me conducían a su antojo. Sabía donde iba pero mis movimientos eran automáticos. El manejar comenzaba a hacerse un acto enteramente mecánico, independiente, desprovisto de todo razonamiento. Ya era tarde para librarme del efecto adormecedor del sonido del motor, que me había atrapado. La música comenzaba a filtrarse emotivamente en mis oídos. Sin dudas el confinamiento en este habitáculo aumentaba mi perceptibilidad y mi cerebro cedía el paso a las funciones más intimas del sentir. Advertía, sin ofrecer resistencia, como cada músculo se distendía durante mi involuntaria meditación, al igual que cada uno de mis sentidos. En momentos matemáticamente precisos la velocidad y el tiempo se conjugaban de manera tal que mi coche quedaba inmóvil y observaba el asfalto fluir aprisa por debajo del mismo.
Repentinamente la apática noche cobraba un interés insospechado y el deseo de conducir se acrecentaba conforme recorría caminos. Una sinfonía intermitente de luces amarillas me abría el paso y delineaba el punto de fuga de aquel cautivante cuadro. Intentaba atravesarlo pero cualquier esfuerzo era inútil, solo avanzaba para darme cuenta de que estaba en el mismo sitio. Y otra vez la radio me distraía del trayecto, sin querer cantaba. No ponía empeño en recordar letras pues naturalmente brotaban. El tema era irrelevante, todo tenía sentido. Las líneas blancas en el pavimento atropellaban mis ojos entretanto degustaba con mis oídos la miel de un saxo tenor.
Entendía que el placer se encontraba allí, se limitaba a este solitario momento y se daba únicamente bajo ciertas condiciones. Por más que quisiera reproducirlas artificialmente nada se comparaba con esta ambrosía, la receta era única. Esta planta florecía solo por las noches.
La oscuridad me tranquilizaba en aquella pista de despegue. No temía cerrar mis ojos, no había nada que pudiese sucederme cuando manejaba en la madrugada. Un susurro de viento insistente me contaba historias de lugares lejanos, de gente sin rostro, de colores nuevos. Me reclinaba lentamente en mi nave y escuchaba atentamente. La respiración se ahondaba y el corazón avanzaba a paso de hombre. En este punto deseaba nunca volver a mi planeta y me preparaba seriamente para la vida en el espacio. Ya no había vuelta atrás, el camino era uno y ya no estaba al mando. Primaban los sentidos y desfallecían mis fuerzas, observaba con desmayo como era devorado por un túnel de luz. La turbulencia se hacia intensa, creciente, constante. Tenía la sensación de atravesar los rieles del ferrocarril abordo de un vehículo. Al final de la claridad podía ver claramente mi vereda, mi morada, mi lugar acercándose a velocidades astrales, pero la máquina se detenía.
Un sonido estridente y un escueto mensaje en la pantalla: ¿Llegaste?.

No hay comentarios:
Publicar un comentario